Sin City de Frank Miller
Arrastro mis pies por lo que
queda de esta noche, el panorama neónico se ríe en mi cara, jetas de políticos
varios cuelgan invencibles en lo alto de los postes, viajo sin rumbo entre
tanta basura con que atiborran las avenidas cada año electoral. La suela de mi
teni raspa chiclosa el chapopote, me tambaleo. Tus brazos están más lejos que
de costumbre, hoy no es mi día. Pero
aguanto vara. El sopor va incrustándose en mi piel, la lluvia cae vehemente y
el viento escupe lo que queda de mí.
Se moja el poema que hace rato te
inventé y que cargo en la bolsa izquierda de mi camisa a cuadros.
Me acurruco bajo un árbol y
pienso cuando era pequeño y no odiaba al mundo, era emocionante ponerme la
máscara de luchador y jugarme un bote lleno de canicas a tres caídas sin límite
de tiempo, al atardecer cascarear fut en una calle de tierra con los dedos
fuera de los zapatos y apostar la yumbo o la hermana imaginaria o la prima más
lejana.
Hoy aquellos cuates con los que coexistía se
dispersaron, aunque, qué es esa mala costumbre de lanzar el madrazo a las
terceras personas, fui yo quién me dispersé de ellos como niebla, como un
sueño. Ahora heme aquí, en busca de peces y caracoles por una calle fatua y
somnolienta, naufragando al compás de una canción monótona que nomás no aprendo
a cantar.
Lo que quiero es llegar al mar
esta misma madrugada como ave sorprendiendo las olas, como rastafari decidido a
asir el cielo con su humo, como dios con su mujer olvidados de sus traviesos y
jodelones hijos. Esta vez el mar puede ser un bar o un burdel o la mirada de un
camello o las venas de otro planeta.
Avanzo underground, soy la metáfora de un poeta beat que amenaza con derribar el gran muro, el sistema decadente y atroz se resiste pero resiste también mis ojos y la sangre de mis palabras, la risa de los amigos, mi mano empuñada y la mirada encendida de niños sin padres.
Avanzo underground, soy la metáfora de un poeta beat que amenaza con derribar el gran muro, el sistema decadente y atroz se resiste pero resiste también mis ojos y la sangre de mis palabras, la risa de los amigos, mi mano empuñada y la mirada encendida de niños sin padres.
La calle, aún larga, recoge el
ruido de mis pasos.
Abro los ojos y la ciudad se ve
lejana, se retuerce envuelta en vaho, eyacula caos. Allá quedó a la deriva con
su desorden y su catarsis y sus ciénagas y sus bribones y embusteros colgados
de los postes. Incendiándose y yo aquí viendo salir el sol, amaneciendo, bañándome
con el rocío de tus pechos amarrado al oleaje de tus caderas y a la caída
infinita de tus pies, nadando en un cunnilingus acelerado, ahogado en tu sal
vaginal, recostado en la playa más chingona del mundo.
Esta vez el mar no es un lugar a
la distancia y eres tú entre las sábanas de un hotel marginal. El ventilador no
deja de dar vueltas y entonces, pongo a secar mi poema.



